Monasterio de Piedra

Ya en 1871, la revista inglesa Fraser’s Magazine calificaba en un artículo al Monasterio de Piedra como “una de las curiosidades naturales más extraordinarias de Europa”. Aunque en verdad su aspecto final se debe también a la mano del hombre, el río Piedra, la caliza por la que fluye y la frondosa vegetación se unen en este paraje en un conjunto único

El nombre de Monasterio de Piedra se debe a que desde la Edad Media el terreno era propiedad del aledaño monasterio cisterciense de Santa María la Blanca, más conocido como de Piedra porque el río de este nombre discurre por aquí. El aislamiento del lugar y la disponibilidad de agua para cultivar sus alimentos y ser autosuficientes fue uno de los motivos para que los monjes se instalaran en el lugar.

En 1835, tras haber sufrido distintos daños, el monasterio quedó abandonado y cinco años después fue comprado por Pablo Muntadas. Su hijo, Juan Federico, fue quien comenzó hacia 1860 la explotación turística del lugar, para lo que creó caminos y túneles y desvío el curso del río, completando así la obra de la naturaleza. Es por esta intervención humana por la que el Monasterio de Piedra está actualmente protegido como Conjunto de Interés Cultural, en la categoría de Jardín Histórico.

El parque es así una muestra de la estética romántica, desde su preocupación por resaltar el efectismo de la naturaleza y los contrastes de la luz y el agua hasta por los nombres de las distintas paradas; pero se conserva toda la belleza del lugar, ya afamada desde el asentamiento de los monjes.

La visita al Monasterio de Piedra discurre por el antiguo recinto conventual y sus campos. Frente a los edificios monacales, se encuentran el aparcamiento y la taquilla, desde donde comienza un paseo circular a pie de unos 5 km, siempre por senderos marcados.

El recorrido comienza en el mirador situado sobre la cascada Cola de Caballo, de 50 m de altura, desde donde se sigue aguas arriba en un recorrido circular por varios riachuelos y surgencias, que se unen en este salto.

Se pasa así por el pie de las cascadas Iris, del Baño de Diana y de La Trinidad (que recibe este nombre porque el agua cae en tres brazos); cada una con diferentes juegos del agua y siempre en compañía de la vegetación que bordea el río. Tras esta última, la ruta asciende pasando junto a tres grutas, bautizadas como de la Pantera, de la Bacante y del Artista, y sube hasta el mirador que hay sobre la cascada Caprichosa, la segunda más alta del parque, y a los Vadillos.

Estos son los puntos más altos del recorrido, por lo que se goza de magníficas vistas de todo el conjunto, incluidos algunos saltos por los que no pasa la ruta a pie. La ruta señalizada sigue por la cascada de los Fresnos, por la que el agua baja saltando en pequeños escalones, hasta retornar de nuevo junto a la cascada Iris y la Cola de Caballo, que ahora se visita desde su interior, bajando por una galería tallada en la roca hasta su pie, donde se encuentra una gruta, con estalactitas y un lago, que se abre al exterior y a la luz solar por la cortina de agua de la catarata.

La galería sale junto a la base de la Cola de Caballo, desde donde se tiene una de las imágenes más conocidas del lugar. Ahora aguas abajo, se sigue un tramo llano hasta una piscifactoría dedicada a la cría de truchas. Esta fue otra de las iniciativas de Federico Muntadas, que creó aquí el primer criadero en España; en este punto se pueden visitar parte de las antiguas pesqueras.

El paseo gira para bordear el lago del Espejo, cuyas aguas, en efecto, reflejan nítidamente las paredes rocosas que lo bordean, para iniciar el retorno hacia el punto de partida. Tras pasar por los Chorreaderos, conjunto de pequeñas cascadas que se van uniendo y separando en su caída, se cierra un segundo círculo en la cascada Iris, desde donde se regresa directamente al punto de partida en el conjunto monástico por en medio de un frondoso bosque.

Lo pintoresco del paraje ha oscurecido la fama del edificio, pero Santa María la Blanca es una magnífica muestra de arte, que conserva elementos góticos, renacentistas y barrocos, siempre con la característica austeridad que exigían en sus conventos los monjes cistercienses.

La visita a la parte monumental recorre las dependencias características de la vida de los monjes, ordenadas en torno a la iglesia (en parte destruida) y el claustro, patio que organiza las distintas habitaciones: la sala capitular, el locutorio, el refectorio o comedor… y comunica también con el edificio de celdas (actualmente hotel) y el palacio del abad.

Textos extraidos íntegramente de la guía publicada por la Asociación para el Desarrollo Rural Integral de la Comunidad de Calatayud y Comarca del Aranda (ADRI Calatayud-Aranda)

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